Qué hacer en París: Guía completa de viaje (2026)

Vista aérea del Arco del Triunfo en París, rodeado por la plaza Charles de Gaulle y las avenidas que convergen en el monumento, con la ciudad extendiéndose hasta el horizonte bajo un cielo nublado.

La primera vez que bajé del metro en Saint-Michel y vi el Sena al fondo, con Notre-Dame asomando entre los árboles y el olor a gaufre, entendí por qué tanta gente vuelve. Pero también puede resultar agotadora si no la planificas bien: colas interminables, trampas para turistas y tiempo perdido. Esta guía te ayudará a descubrir qué hacer en París, cuáles son sus imprescindibles, cuánto tiempo necesitas y qué errores evitar para aprovechar al máximo tu viaje. ⭐ Qué hacer en París: los imprescindibles 1. Torre Eiffel Hay algo casi ridículo en lo mucho que sigue impresionando. La conoces de fotos desde que tienes memoria, y aun así, cuando doblas la esquina y aparece entera, de hierro, enorme, plantada sobre el Sena, te quedas un segundo parado en la acera. Le pasa a todo el mundo. Lo que no pasa solo es conseguir entrar sin esperar. Las colas sin reserva superan fácilmente las tres horas, incluso en días normales. Reserva en el sitio oficial, elige el primer turno de la mañana si puedes, y sube al menos hasta el segundo piso: la cúpula es bonita, pero la panorámica desde el nivel 2 ya es perfecta y mucho menos caótica que arriba del todo. Si prefieres verla desde abajo, el Campo de Marte es imbatible. Lleva algo de comer, ocupa una de las sillas verdes desplegables (hay cientos repartidas por el parque) y espérate al anochecer: cada hora en punto, durante cinco minutos, la torre destella con miles de luces. 2. Museo del Louvre Tiene 72.735 metros cuadrados de superficie. Si dedicas treinta segundos a cada obra, necesitarías cien días para verlo todo. Esto no es un dato para impresionar: es para que entiendas que intentar “hacer el Louvre” en una visita es el mayor error que puedes cometer aquí. Elige tres o cuatro cosas y ve por ellas. La Victoria de Samotracia al fondo de la escalera Daru es una de las esculturas más imponentes del mundo, y la mayoría de la gente pasa a su lado corriendo hacia la Mona Lisa. Que, por cierto, decepciona a casi todos: es pequeña, está detrás de un cristal y siempre hay una multitud intentando fotografiarla. Verla una vez está bien. Luego pasa al Vermeer o a las salas de antigüedades egipcias, donde hay mucha menos gente y obras igual de fascinantes. Reserva online y entra por la pirámide, que aunque parezca la más obvia, es la que tiene mejor flujo. Y lleva agua, porque las colas internas entre alas pueden ser largas. 3. Catedral de Notre-Dame Cuando ardió en abril de 2019, millones de personas vieron las llamas en directo y sintieron algo difícil de explicar. No era solo un edificio. Reabrió en diciembre de 2024 tras cinco años de una restauración que movilizó a artesanos de toda Europa, y verla ahora, con la piedra más clara que nunca, casi brillante, tiene un efecto raro: es la misma catedral y parece otra. La Île de la Cité, donde está, es el kilómetro cero de Francia literalmente: hay una placa en el suelo frente a la catedral desde la que se miden todas las distancias del país. Rodea el edificio completo antes de entrar, porque la fachada trasera con los arbotantes sobre el Sena es igual de impresionante que la principal y casi nadie le dedica tiempo. La entrada a la catedral es gratuita pero es necesario reservar en el sitio oficial. 4. Museo de Orsay Si saliendo del Louvre te sientes como después de un maratón, el Museo de Orsay es el antídoto. Más pequeño, más manejable, y con una colección que para mucha gente resulta más emocionante: aquí están los impresionistas — Van Gogh, Monet, Renoir, Degas, Cézanne. Las salas del quinto piso, con los grandes ventanales mirando al Sena, son de las más luminosas de cualquier museo del mundo. El edificio en sí fue una estación de tren hasta 1939. Los enormes relojes de hierro que asoman sobre las galerías son de los elementos más fotografiados de París sin que mucha gente sepa exactamente qué son. Ahora lo sabes. Dedícale dos horas y media, preferiblemente por la tarde cuando el Louvre ya está lleno y aquí hay algo más de espacio para respirar. 5. Montmartre Montmartre tiene un problema: todo el mundo quiere ir, y se nota. Los fines de semana, las escaleras del Sacré-Cœur parecen una corriente de gente imposible de remontar. La solución es ir entre semana por la mañana, antes de las diez, cuando los artistas todavía están montando sus caballetes en la Place du Tertre y los cafés de la rue Lepic acaban de abrir. Sube a pie desde la estación de metro Abbesses. No tomes el funicular, que la cuesta tiene sus propias recompensas: escaleras inesperadas, jardines privados asomando por las tapias, el olor a pan de una boulangerie en la esquina. La Basílica del Sacré-Cœur desde arriba ofrece la panorámica más amplia de París, mejor que muchos miradores oficiales. Y es gratis. 6. Le Marais El Marais es el barrio que más ha cambiado en los últimos veinte años y, paradójicamente, el que mejor conserva su carácter. Las calles medievales del 3º y 4º arrondissement conviven con galerías de arte contemporáneo, tiendas de ropa de diseñadores independientes y, en la rue des Rosiers, una comunidad judía con décadas de historia que se huele literalmente: el falafel de L’As du Fallafel no es un cliché, es realmente el mejor de la ciudad, y las colas a mediodía son la mejor prueba. La Plaza de los Vosgos, en el extremo sur del barrio, es la más antigua de París y tiene esa geometría perfecta de arcadas simétricas que parece demasiado bien conservada para ser real. Busca la casa con placa de Víctor Hugo en la esquina sureste: vivió aquí y el apartamento es visitable, gratis. Reserva una tarde entera, sin agenda fija. Es el tipo de barrio que funciona mejor cuando simplemente doblas esquinas. 7. Arco de Triunfo Desde abajo impresiona. Desde arriba, cambia la